| |
Parashát Ki-Tavó CARTA DE UN ADOLESCENTE
por Rav Daniel Oppenheimer
Querido papá:
Sé que te vas a extrañar por esta carta, pues no es común que un hijo
escriba a su padre, pero sentí que era necesario escribirte para
transmitirte algunos sentimientos que quizás me cueste expresar delante
de ti.
Quiero decirte en primer lugar, que te quiero y que aunque te parezca raro, no hago esas cosas con ganas de enojarte.
También estoy seguro que tú también me amas, aun cuando muy a menudo
nos gritamos mutuamente, pero en el fondo creo que me querés, y que
todos los padres quieren a sus hijos, y, como siempre decís, te matás
por nosotros, tu familia. Quizás estás nervioso porque las cosas en el
negocio no siempre andan bien. Yo también sé que muchas cosas que digo
y hago te irritan y te desilusionan. No es intencional, así como
también tus objetivos son buenos y si no me lo mostrás es porque estás
mal o porque no sabés cómo hacerlo.
Igualmente, quiero decirte que hay cosas que decís que me molestan y me
hacen sentir mal. Te las voy a nombrar, y espero que no te irrites por
eso.
Me molesta cuando me decís tantas veces que vos tuviste que trabajar
desde los trece años. Te creo y te felicito, a pesar que no lo habrás
hecho porque era lo que más te gustaba hacer, sino porque era una
necesidad imperiosa. ¿Vos querés que yo también salga a trabajar? ¿Hoy
la gente de mi edad consigue trabajo? ¿Pensás, de verdad, que soy vago?
¿Creés que pierdo demasiado tiempo en pavadas? Decíme, papá, ¿que hacés
vos en tu tiempo libre hoy...?
Muchas veces estoy mareado porque no sé qué es lo que querés de mi. En un momento dado me
tratás de grande, me decís que tengo que dar el ejemplo a mis
hermanitos. Al rato, cuando te pido algo que por alguna razón no me
querés autorizar, me decís sos demasiado chico para eso.
Justo cuando me siento chico, y hago cosas de chicos igual que mis
hermanos, me decís que soy un grandulón jugando con esas cosas...
Un poco siento que cambiaste tu forma de ser conmigo cuando pegué el
estirón de repente. Primero estuve contento porque como era petizo, me
trataban de bebé. Ahora soy grande, ¡qué bueno! dije para mí mismo.
Al poco tiempo me di cuenta que no valió la pena. Extraño los mimos de
mamá, y más cuando le decís que no me tenga tanta lástima. Ahora, tan
rápido, ya no se me perdona nada...
Papá, ¿te dás cuenta cuando estoy triste, preocupado o ansioso?
Igual no es que no quiera ser grande, porque no quiero ser menos que
los demás de mi división. El tema es a qué se llama ser grande. En
el colegio ser grande es aquel que hace lo que se le da la gana sin
tener que preguntar a nadie, y menos a los padres de uno, el que fuma,
el que llega a casa cuando quiere...
Vos pensás que yo me voy mucho de casa a pasear con los amigos porque
me escapo, o porque no le quiero ayudar a mamá. No es tan así. Me
gustaría estar más en casa, pero lo que pasa es que en casa no soy
nadie. Con mis amigos soy alguien.
Después pasa que me comparás con otros chicos que supuestamente son así como vos quisieras que yo sea. ¿Porqué Ds te habrá dado la mala suerte de tenerme a mí como hijo y no a los otros que te gustan más?
¿O será que los papás de esos hijos los educaron distinto a lo que me
educaste vos...? ¿Serán esas familias distintas a la nuestra? ¿Pensás que esos chicos no tienen también algunas cositas que les fastidien a sus padres?
Me molesta cuando me reiterás que tengo que cuidar el buen nombre de
la familia. ¿Cuál es el buen nombre de nuestra familia? ¿Pasás vergüenza por mi?
Me harta cuando me mostrás (o cuando le publicás a los demás) todos los
éxitos que tenés y cómo todo te sale bien ¿Querés tratar de decirme que
sos perfecto? ¿Pretendés que yo sea perfecto? ¿Aceptás que me equivoque a veces? ¿Pensaste que aunque todos dicen soy un calco de ti igual vos sos vos y yo soy yo?
Es verdad que hago algunas cosas mal, pero creo que hay otras que las
hago bien. ¿te diste cuenta? ¿Por qué te cuesta tanto felicitarme por
lo que me sale bien? ¿considerás que me hace bien saber que a vos te salen las cosas bien y a mi mal?
A veces no sé bien qué es lo que vos crees correcto. Me hablás de que
hay que ser honesto y te enojás mucho cuando un proveedor te engaña.
Pero también le diste unos pesos al policía que te paró porque pasaste
la luz roja. Tampoco puedo entender el significado de lo que sugerís
con un guiño en el ojo - cuando decís que en el negocio hay que ser más piola que los demás...
Yo sé que a veces mencionás que fulano es muy gaucho y me parece que
lo decís porque te identificás con él y quisieras ser como él. ¿Por qué
despreciás, entonces, a los empleados del negocio y decís que son todos
tontos, ineptos, haraganes, que solo esperan hasta fin de mes para
cobrar, que no les interesa si el negocio anda bien o mal...? Me da un
poco de miedo cuando llegás a casa porque no
sé si vas a estar contento o enojado dependiendo de cómo resultó ese
día. Creo que la gente no habrá sido muy gaucha ese día. Yo sé que a vos te interesa que te admiremos y te enojás si te faltamos el respeto. Muchas veces les gritás a los abuelos.
Decime, papá, ¿vos eras perfecto cuando tenías mi edad?
Yo sé que me quieren. ¿Por qué no me lo demuestran?
Tu hijo
(Hay varios términos que se utilizan en esta carta que no son
apropiados de acuerdo a las leyes de respeto a los padres como lo exige
la Torá. No obstante, los he incluido dada la manera incorrecta de
dirigirse a los padres, aceptada lamentablemente aun por los
propios padres quienes renuncian a su autoridad en claro detrimento de
la educación de sus hijos.)
Los Sabios nos enseñan que es
más fácil plantar un bosque de olivos en el Galil, (que en verdad es un
lugar poco adecuado para la plantación de olivos) que educar a un hijo
en Ierushalaim (que tiene un contexto muy propicio para la observancia
de la Ley de Ds).
La Torá nos ordena educar a nuestros hijos. Esto significa que en principio, todos los padres sanos
tenemos capacidad no solo para protegerlos y mantenerlos físicamente
sino también para educarlos espiritualmente y éticamente. Ser padres es
una función indelegable. La escuela a la cual enviamos nuestros hijos,
solamente se ocupa de misiones específicas: aprender un oficio y
defenderse en la vida. El hecho que los padres no seamos
perfectos, no nos exenta a nuestro deber, siempre que los lineamientos
morales sean los correctos y que nos esforcemos por vivir nosotros
mismos de acuerdo a dichos principios. Nuestros hijos adolescentes,
quienes son conscientes de las contradicciones a las que se enfrentan
diariamente, son los más afectados dentro de un mundo de confusiones a
nivel doméstico y aun más en el orden externo. A esto se suma una caída
en la auto-estima del individuo, un elemento indispensable para
mantenerse en pie y luchar por los ideales y un torrente de información
indiscriminada que abruma hasta al más sólido.
No resulta fácil en absoluto en esta situación ser el modelo que los jóvenes necesitan.
Que HaShem nos acompañe en esta noble misión de mostrarles el rumbo.
|