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Parashát Ki-Tavó Caras Verdes
por Rav Daniel Oppenheimer
Hace
unas semanas estuve invitado a conversar con un grupo de padres de un
club judío y, en medio de lacharla, les formulé una pregunta cuya
respuesta, dada por obvia, no se cuestiona habitualmente. ¿Uds. están
interesados en que sus hijos sean judíos? Sí. ¿Sus nietos y
bisnietos...? Sí. ¿Por qué? pregunté.
Allí comenzó la indignación. ¡Cómo por qué - para que se mantenga la
tradición, los valores judíos! Yo insistí: ¿Qué tradición y qué
valores judíos? Y... ¡las fiestas, la honestidad... para que haya
continuidad!
No me convencía nada de lo que ellos decían, aun cuando mi demostración
de falta de convicción les irritaba un poco. ¿para qué necesitan Uds.
que siga la tradición, qué culpa tienen sus hijos que a Uds. les cause
nostalgia algún recuerdo de las fiestas que recuerdan de su niñez...?
Si por valores judíos se entiende la honestidad, pues... no hace
falta ser judío para ser honesto. Lamentablemente los hay de ambos
lados. Y eso de continuidad... ¿para qué necesita Ud. la continuidad?
¿para preservar la especie? ¿qué somos... osos panda de la China o
alguna otra especie en extinción de África? ¿para qué quieren que
sigamos existiendo? ¿Uds. se consideran personas justas y coherentes,
aman a vuestros hijos? ¡Sí! Ahora, Uds. bien saben que lo más
probable es que por su condición de judíos, sus hijos y nietos sean
discriminados. Hasta es muy factible que en cierto momento sea
peligroso para ellos declarar ser judíos. ¡Qué seguridad tienen Uds.,
acaso, que justo en nuestra época se termine el odio y la
discriminación, después de tantos años de intentos frustrados! ¡Para
qué los exponen!?
Silencio.
Ahora, querido lector, mientras Ud. se toma unos minutos para ponderar
su respuesta (por lo menos, espero que lo haga si aún no la tiene), le
voy a citar un comentario que trae Rashí acerca de las terribles
maldiciones que se mencionan en la lectura de esta semana: cuando
escucharon los israelitas las 98 maldiciones (que iban a sufrir en caso
que ellos o sus descendientes no observaren las leyes de la Torá), sus
rostros se tornaron verdes (del susto), diciendo: ¿acaso es posible
sobrellevar estos sufrimientos? Les respondió Moshé: Uds. están hoy
aquí parados ante Ds; mucho habéis enojado a Ds, y, sin embargo, aún
estáis.
Cuando leemos este texto desde otro momento de la historia (el
nuestro), con los testimonios personales que hemos oído directamente de
boca de las mismísimas víctimas de los peores horrores y las imágenes
fotográficas de lo que sucedió en nuestro siglo, ese ponerse verde sus
caras hace 3.300 años, no fue una actitud en absoluto exagerada.
Volviendo, no obstante, al momento en que los israelitas escucharon las
maldiciones, aun con sus caras verdes del susto de la responsabilidad
que les cabía, firmaron el pacto con el Todopoderoso a sabiendas de lo
que podría suceder a sus descendientes. La tenían clara. Y por
generaciones, los judíos tuvimos claro lo que implica ser judío y que
nuestra situación, aun desfavorable y muchas veces crítica, responde al
plan Di-vino de aquel pacto que cerramos.
Pero hoy, no vemos las cosas con tanta claridad. Sacamos a Ds, a Su
Torá, a nuestra historia y a nuestra misión del camino. Nuestra
tolerancia al sufrimiento disminuyó considerablemente y, ante la menor
molestia, lloramos y gritamos. Partimos de la presunción que nuestra
vida debería ser un Gan Eden perfecto en el cual no se sepa de
padecimientos, penas, aflicciones o preocupaciones de ningún tipo. Tal
como lo pintan en las publicidades de las vacaciones en el Caribe.
Comparada esa perfecta tranquilidad, nuestra vida siempre ser un
infierno. Y, siendo judíos, si nos miran un poco raro o nos hacen un
comentario despectivo... ¿cómo lo podríamos superar?
Ahora bien, no piense un minuto que a Ds le agraden nuestras penas. Es
más, Él sufre con nosotros y nos acompaña en todos los destierros.
No sólo eso, sino que no le falta a Él provisión para realmente
brindarnos todos los placeres que pudiésemos imaginar. De Él afirmamos
que Su misericordia se extiende hacia todas las criaturas y que
prepara sustento para todas las criaturas que creó.
Dada nuestra percepción egocéntrica y hedonista, olvidamos que tanto en
lo individual como en lo comunitario existimos únicamente gracias a la
infinita Bondad Di-vina. Es más, gracias a aquella Bondad, el Galut
(exilio) que atravesamos nosotros, puede ser considerado moderado y
suave comparado con cualquier otro momento de la historia. Una
oportunidad única que nos permite desarrollar nuestra misión judía de
estudiar la Torá y observarla prácticamente sin impedimentos externos.
Sepamos reconocer las virtudes cuando gozamos de momentos tranquilos.
No tiremos de la soga cuando no corresponde. Desafortunadamente, los
medios de comunicación judíos que llegan a manos y a oídos de la
comunidad argentina en general, se toman la atribución de vociferar
acusaciones arriesgadas pensando que al antisemitismo es posible
combatirlo. Criticar públicamente a Sarmiento en el día en que en
todas las escuelas se lo venera así como nos enseñaron desde chicos,
por sus expresiones antisemitas (no importa ahora si lo que dicen es
históricamente verdad, o no), es en el mejor de los casos
irresponsable, si no arriesgado. El horno no está para boios.
Volvamos a la pregunta inicial. ¿Por qué insistimos en transmitir
nuestro judaísmo? Pues cerramos un pacto con Ds por el cual nos
comprometimos a demostrar que el verdadero bien está en el camino de la
Torá, mediante la práctica de las Mitzvot que debiéramos difundir con
una conducta ejemplar. No existe mayor desafío ni razón de vida que
esto. La vida sin este reto, simplemente no es vida.
Aunque se nos pongan las caras verdes de susto.
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